Los Tigres de la Malasia

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Los dayakos, estupefactos, atontados ante aquella prueba, alzaban los brazos mirándolo con admiración profunda.

Para ellos, aquel hombre debía de ser, sin duda alguna, un semidiós, un verdadero descendiente del gran Profeta.

Realizando el recorrido, el peregrino se detuvo un instante; enseguida volvió sobre sus propios pasos, siempre tranquilo, siempre impasible, como si en vez de pasear sobre aquellas piedras donde se podía cocer pan, paseara sobre la hierba de un prado.

-¡Ese debe ser un hijo del compadre Belcebú!exclamó Yáñez, que no podía menos de admirar el estoicismo de aquel hombre-. ¿Cómo puede resistir ese calor? Tiene los pies desnudos: aquí no puede haber trampa.

-¡Ese hombre debe ser insensible como las salamandras!- contestó Tremal-Naik.

Terminada la segunda prueba, el peregrino volvió el rostro enmascarado con el trapo hacia Yáñez y lo miró durante algunos instantes; después se alejó lentamente, dirigiéndose hacia su cobertizo, mientras que los dayakos, presa de una verdadera exaltación, gritaban hasta enronquecer.

-¡Alá! ¡Alá! ¡Alá!


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