Los Tigres de la Malasia
Los Tigres de la Malasia -Creo que no llegaremos al embarcadero del kampong sin que los dayakos nos den una batalla, señor, Yáñez- contestó el mestizo. -Lo prefiero a cualquier otra sorpresa, querido mío. Hasta ahora no veo ninguna chalupa.
-Todavía no hemos llegado. La brisa es tan débil, que, si no aumenta, llegaremos mañana por la noche, en vez de llegar al mediodía.
-Eso me contraría. ¡Ohé, tigretes: abrid los ojos y tened las armas sobre cubierta! ¡Los cortacabezas nos espían!
Encendió un cigarrillo, y se sentó en la borda de popa para poder vigilar mejor las dos orillas.
El Mariana , que escapó por milagro de aquel segundo peligro, seguía avanzando con lentitud, pues la brisa casi se extinguía.
No se oía rumor alguno en las orillas, cubiertas por inmensos árboles que extendían sobre el río sus ramas monstruosas haciendo la oscuridad mayor, por lo cual no dudaba nadie que ojos ocultos seguían la marcha del velero.
Era imposible que después de aquella tentativa que tan poco faltó para que les saliera bien, los dayakos hubiesen renunciado a la idea de destruir aquella tan pequeña como poderosa nave que los había rechazado de modo tan sangriento.