Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Era en efecto el velero que Yáñez enviara a Labuán hacĂa tres dĂas para saber algo del Tigre, pero, ¡en quĂ© estado volvĂa! El palo mayor apenas se sostenĂa, los costados estaban llenos de tapones de madera para cerrar los agujeros abiertos por las balas.
—Se han batido —dijo Sandokán.
—Pisangu es un valiente que no vacila en atacar aun a los buques grandes —dijo Yáñez.
Parece que trae un prisionero, veo una chaqueta roja. —SĂ, hay un soldado inglĂ©s atado al palo mayor. —¡Ah, si pudiera decirme algo de Mariana!
—Lo interrogaremos.
Cinco minutos despuĂ©s el velero entraba en la pequeña bahĂa y anclaba a veinte pasos del acantilado.
—¿De dónde vienes? —preguntó Sandokán a Pisangu en cuanto puso pie en tierra.
—De Labuán, mi capitán —fue la respuesta—. Fui con la esperanza de encontrar noticias suyas, y tengo la dicha de verlo aquà sano y salvo.
—¿Quién es el inglés?
—Es un caporal, mi capitán.
—¿Dónde lo hiciste prisionero?