Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Cerca de Labuán. Registraba yo la costa y las playas, cuando vi salir de un pequeño rÃo una canoa rápida tripulada por este hombre. Lo capturamos, pero cuando quise alejarme me encontré con un cañonero que me cortaba el camino. La lucha fue una verdadera tempestad, mi capitán, que me mató media tripulación y casi me despedaza el barco. Pero el cañonero también quedó en estado lamentable. En cuanto se retiró me lancé a alta mar y me volvà aquÃ.
—Gracias, Pisangu. Trae a ese hombre.
Era un joven de unos veinticinco años, gordo, de baja estatura, rubio y rosado. Estaba asustado, pero de sus labios no salió ni una palabra. Sólo al ver a Sandokán exclamó:
—¡El Tigre de la Malasia!
—¿Dónde me has visto?
—En la quinta de lord Guillonk.
—Tu vida depende ahora de lo que me contestes —dijo Sandokán.
—¿Quién puede fiarse de un asesino que mata como si bebiera una copa de whisky?
—¡Perro, cuidado con lo que hablas! Tengo un kriss que corta en mil pedazos el cuerpo; tengo tenazas enrojecidas para arrancar la carne en trozos. Hablarás o te haré sufrir de tal modo que pedirás la muerte como un bien.
El inglés palideció, pero apretó los labios.