Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —SÃ. Vendrán, no lo dudes. Ahora busquemos un asilo. Llueve a torrentes y este huracán no tiene trazas de ceder pronto.
—Nos vendrÃa bien la cabaña de Giro Batol, pero dudo poder encontrarla.
—Construyamos un refugio con esas hojas gigantescas de plátano —dijo Yáñez.
Con los kriss cortaron algunos bambúes que crecÃan a la orilla del riachuelo, y los clavaron bajo un soberbio árbol cuyas ramas y hojas eran tan espesas que bastaban ellas solas para protegerlos de la lluvia. Cruzaron las cañas formando una especie de esqueleto de tienda de campaña, y las cubrieron con las hojas de plátano para reforzar la improvisada techumbre.
Se tendieron adentro, comieron un racimo de plátanos y procuraron conciliar el sueño, a pesar de que el huracán se desencadenaba con mayor violencia en medio de truenos ensordecedores.
La noche fue pésima.
Se vieron obligados más de una vez a reforzar la cabañita y a recubrirla con nuevas hojas para resguardarse de la espantosa lluvia que caÃa sin cesar.
Sin embargo, hacia el amanecer se calmó un poco el temporal y pudieron dormir hasta las diez de la mañana.
—Vayamos a buscar el almuerzo —dijo Yáñez en cuanto abrió los ojos.