Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Registrando entre las peñas pudieron pescar varias docenas de ostras de gran tamaño y algunos crustáceos. De postre, plátanos y naranjas.
Terminada la comida volvieron a remontar la costa, con la esperanza de descubrir los paraos. Pero no se veÃa ninguno en toda la extensión del mar.
—Es posible que la borrasca no les haya permitido volver —dijo Yáñez.
—Pero yo estoy inquieto por esta tardanza —contestó el Tigre.
—No te preocupes, son marineros hábiles.
Durante gran parte del dÃa dieron vueltas por las playas; pero al ponerse el sol volvieron a internarse en los bosques inmediatos a la quinta de lord James Guillonk.
—¿Crees que Mariana habrá encontrado nuestro mensaje? —preguntó Yáñez.
—Estoy seguro.
—Entonces acudirá a la cita.
—Si es que está libre.
—¿Qué quieres decir, Sandokán?
—Temo que lord James la vigile.
—¡Mil demonios!
—De todos modos iremos a la cita.
—¡Cuidado con cometer imprudencias! En el parque y en la quinta ha de haber decenas de soldados. —No hay duda. Obraré con calma, te lo prometo.