Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Entonces, ¡andando!
Caminaron con gran cuidado, ojo avizor y oÃdo atento, para no caer en alguna emboscada. Llegaron a las cercanÃas del parque hacia las siete de la tarde. Quedaban todavÃa algunos minutos de crepúsculo, suficientes para poder examinar la quinta.
Seguros de que no habÃa centinelas escondidos en esos lugares, se aproximaron a la empalizada y la escalaron.
Una vez dentro, se ocultaron en medio de un grupo de grandes peonÃas. Desde allà podÃan observar cómodamente lo que sucedÃa en el parque y en la casa.
—En una ventana veo a un oficial —dijo Sandokán.
—Y yo veo un centinela cerca del pabellón —dijo Yáñez—. Si se queda allà después que se haga de noche va a molestarnos más de la cuenta.
—¡Lo despacharemos! —contestó el Tigre.
—SerÃa mejor sorprenderlo y amordazarlo. ¿Tienes algún cordel?
—Mi faja.
—Muy bien. Entonces... ¡Ah, bribones!
—¿Qué pasa, Yáñez?
—¡Han puesto rejas en todas las ventanas!
—¡Malditos! —exclamó Sandokán con los dientes apretados.