Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem En cambio Sandokán, rojo de impaciencia, no podÃa estar quieto un instante. CreÃa que le habÃan preparado una emboscada. ¿No habrÃa caÃdo el mensaje en manos de lord James?
Por fin llegó la medianoche.
Sandokán se levantó dispuesto a dirigirse a la casa. Pero Yáñez lo detuvo.
—¡Despacio! —le dijo—. Prometiste ser prudente.
—¡No tengo miedo! ¡Estoy decidido a todo!
—Pero yo estimo mucho mi pellejo, amigo. ¿Olvidas que hay un centinela al lado del pabellón?
—¡Pues vamos a matarlo!
—Bastará con que no dé la voz de alarma.
—¡Lo estrangularemos!
Al llegar a unos cien pasos de la quinta, Yáñez dijo: —¿Ves ese soldado? Creo que se durmió con el fusil entre las manos. Lo amordazaremos con mi pañuelo. Yo tengo preparado el kriss. ¡Si da un solo grito, lo mato!
Arrastrándose como serpientes, llegaron junto al soldado.
—¿Estás listo? —preguntó Sandokán en voz baja.
—¡Adelante!
Con un salto de tigre Sandokán cayó sobre el joven soldado y lo tiró a tierra.