Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¿Muchos?
—Media docena.
Alejémonos de aquà y busquemos otro camino. Temo que ya es demasiado tarde. ¡Pobre Mariana! —Por ahora no pensemos en ella. Somos nosotros los que corremos peligro.
—¡Vámonos!
—¡Calla, Sandokán! Oigo que hablan al otro lado. Escuchemos.
Efectivamente, se oyeron dos voces. El viento traÃa las palabras con claridad hasta los oÃdos de los piratas.
—No podrán huir —decÃa uno.
—Asà lo espero —decÃa el otro—. Somos treinta y seis y podemos vigilar todo el recinto.
Después de estas palabras se oyó un crujir de ramas y hojas, y después, silencio.
—¡Han crecido bastante en número estos bribones! —murmuró Yáñez—. Van a rodearnos, hermanito, y si no actuamos con mucha prudencia caeremos en la red que nos tienden.
—¡Calla! Los oigo hablar de nuevo —susurró Sandokán. El de voz más fuerte decÃa:
—Tú, Bob, quédate aquÃ. Yo me ocultaré detrás de ese árbol. Ten los ojos fijos en la empalizada. .
—¿Crees que nos encontraremos con el Tigre de la Malasia?