Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Se cargaron los dos cañones; llevaron al puente balas y granadas de mano, fusiles, hachas y sables de abordaje. Sandokán parecía participar de la ansiedad e inquietud de sus hombres. Paseaba de popa a proa con paso nervioso, escrutando la inmensa extensión de agua, mientras apretaba con rabia la empuñadura de oro de su magnífica cimitarra.
A las diez de la mañana desapareció en el horizonte la isla de Mompracem, pero el mar continuaba desierto. Ni un penacho de humo que indicara la presencia de un vapor, ni un punto blanco que señalara la cercanía de un velero.
Una gran impaciencia comenzaba a apoderarse de las tripulaciones; los hombres subían y bajaban las escalillas maldiciendo.
De pronto, poco después de mediodía, se oyó gritar desde lo alto del palo mayor:
—¡Nave a sotavento!
Sandokán lanzó una rápida mirada al puente de su barco y otra al del que mandaba Giro Batol, y ordenó:
—¡Tigrecitos, a sus puestos!
Los piratas obedecieron con presteza.
—Araña de Mar —dijo Sandokán—, ¿qué más ves?
—La vela de un junco.