Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Hubiera preferido un barco europeo —murmuró Sandokán frunciendo el ceño—. No tengo odio alguno contra las gentes del Celeste Imperio. Pero, quién sabe... Volvió a sus paseos y no dijo nada más.
Al cabo de media hora volvió a oÃrse la voz de Araña de Mar.
—¡Capitán! Creo que el junco nos ha visto y está virando.
—¡Giro Batol! ¡ImpÃdele la fuga!
Un instante después se separaban los dos barcos y, describiendo un gran semicÃrculo, se dirigÃan hacia el buque mercante a velas desplegadas.
Era una de esas naves pesadas llamadas juncos, de formas sin gracia y de dudosa solidez, que se usan mucho en los mares de la China. Apenas advirtió la presencia de los sospechosos paraos, contra los cuales no podÃa competir en velocidad, se detuvo y arboló una gran bandera. Al verla, Sandokán dio un salto adelante.
—¡La bandera del rajá Broocke, el exterminador de los piratas! —exclamó con acento de odio—. ¡Tigrecitos, al abordaje!
Un grito salvaje, feroz, se elevó en ambas tripulaciones, para quienes no era desconocida la fama del inglés James Broocke, convertido en rajá de Sarawack.
—¿Puedo comenzar? —preguntó Patán, apuntando con el cañón de proa.
—SÃ, pero que no se pierda una sola bala.