Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem De repente sonó una detonación a bordo del junco, y una bala de poco calibre pasó silbando por entre las velas del parao.
Patán hizo fuego. El efecto fue instantáneo: el palo mayor del junco, agujereado en la base, osciló con violencia y cayó sobre cubierta con las velas y todo el cordaje.
Una pequeña canoa tripulada por seis hombres se separó del junco y huyó hacia las islas Romades.
—¡Hay hombres que huyen en lugar de batirse! —exclamó Sandokán con ira—. ¡Patán, haz fuego contra esos cobardes!
El malayo lanzó a flor de agua una oleada de metralla, que echó a pique la canoa e hirió a todos los que la tripulaban.
—¡Bravo, Patán! —gritó Sandokán—. ¡Ahora deja ese barco tan raso como una mesa, pues todavía veo numerosa tripulación!
Los dos buques corsarios recomenzaron la infernal música de balas, granadas y metralla, destrozando el junco y matando marineros, que se defendían desesperadamente a tiros de fusil.
—¡Valientes! —exclamó Sandokán, admirado del valor de aquel grupo de hombres que quedaba en pie en el junco—. ¡Son dignos de combatir con los tigres de la Malasia!