Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Los barcos corsarios, envueltos en una espesa nube de humo, seguían avanzando, y en pocos instantes llegaron a los costados del junco. La nave de Sandokán lo abordó por babor y se lanzaron los arpeos de abordaje. —¡Tigrecitos, al asalto! —gritó el terrible pirata.
Se recogió sobre sí mismo como un tigre que se dispone a lanzarse sobre la presa, e hizo un movimiento para saltar; pero una mano robusta lo detuvo.
Se volvió con un grito de rabia. Era Araña de Mar, que se colocó con rapidez delante de él, cubriéndolo con su cuerpo.
En aquel instante disparaban del junco un tiro de fusil y Araña de Mar cayó herido sobre el puente.
—¡Ah, gracias, tigrecito! —dijo Sandokán—. ¡Me has salvado!
Se lanzó adelante como un toro herido, saltó sobre el puente del junco, y se precipitó entre los combatientes con esa temeridad loca que todos admiraban.
Toda la tripulación del mercante se le fue encima.
—¡Tigrecitos, a mí! —gritó, tumbando a dos hombres con el revés de la cimitarra.
Doce piratas treparon por los aparejos y se lanzaron a la cubierta, en tanto el otro parao arrojaba los arpeos y se aferraba al junco. Los siete sobrevivientes arrojaron las armas.
—¿Quién es el capitán? —preguntó Sandokán.
—Yo respondió un chino, adelantándose.