Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Pobre pantera! —dijo Yáñez.
—Está perdida —dijo Sandokán—. Si no puede soltarse, no escapará con vida.
El pirata no se engañaba.
Al sentir el orangután entre sus manos la cola de su enemiga, saltó sobre la rama. Reunió sus fuerzas, levantó en peso a la fiera, la hizo girar en el aire y la estrelló contra un enorme tronco.
Se oyó un golpe seco; en seguida la pobre bestia, abandonada por su enemigo, rodó por el suelo y se deslizó en las negras aguas del arroyo.
—No creà que ese monazo se desharÃa tan pronto de la pantera.
—¿No corremos el peligro de que ahora las emprenda contra nosotros? —preguntó Yáñez—. ¡Está furioso!
—Pero le chorrea la sangre por todas partes —dijo Sandokán—. ¿Por qué no se va?
—Creo que tiene su nido arriba de ese árbol.
—Entonces disparemos contra él y avancemos a lo largo del riachuelo. Somos hábiles tiradores, pero es mejor que nos acerquemos para no errar.
Mientras se disponÃan a atacar al orangután, éste se acurrucó en la orilla del rÃo y se lavó las heridas con sus manos.