Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Sandokán y Yáñez se acercaron a la orilla opuesta. Apoyaron los fusiles en una rama y se aprestaban a disparar, cuando vieron que el orangután se ponÃa de pie de un salto y se golpeaba el pecho con furor.
—¡Nos habrá visto? —dijo Yáñez.
—No es con nosotros su furia. ¡Mira hacia allá, se mueven unas ramas!
—¿Serán los ingleses?
Alguien se acercaba apartando con precaución las hojas, ignorante del peligro. El mono estaba detrás de un tronco, dispuesto a destrozar al nuevo adversario. Ya no gemÃa ni aullaba; solamente anunciaba su presencia con su ronca respiración.
—¿Qué le sucede? —preguntó Yáñez. Alguien se acerca al mono.
—¿Hombre o animal?
—TodavÃa no logro distinguir al imprudente.
—¿Y si es un pobre indÃgena?
—No le dejaremos tiempo al mono para que lo mate. ¡Ah, he visto una mano!
—¿Blanca o negra? —Negra.
En ese momento el gigantesco orangután se precipitaba en medio de la espesura con un aullido espantoso. Se oyó un grito, seguido de dos tiros. Sandokán y Yáñez habÃan hecho fuego.
Herido en la espalda, el mono se volvió y vio a los piratas, dio un salto enorme y cayó en el rÃo.