Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —No —dijo Sandokán—. Pueden servir para indicar a tus hombres la verdadera dirección. Ninguno de ellos conoce la bahÃa, ¿verdad?
—No, capitán.
—Pues, entonces, guiémoslos.
Se sentaron los tres en la playa con los ojos fijos en el farol rojo, que habÃa cambiado de dirección.
Diez minutos más tarde ya se veÃa el parao. Sus inmensas velas estaban desplegadas, y se oÃa el chocar del agua en la proa. ParecÃa un pájaro gigantesco deslizándose sobre el mar.
Llegó a la bahÃa y embocó el canal, entrando en la boca del arroyo. Al verlo anclar cerca de un bosque de cañas, los tres piratas se le acercaron.
Con un gesto Sandokán impuso silencio a la tripulación, que iba a saludar a los dos jefes con una explosión de alegrÃa.
—Es posible que no estén muy lejos nuestros enemigos —les dijo—, y les pido que guarden el más absoluto silencio para que no nos sorprendan antes de realizar mis proyectos.
En seguida, volviéndose hacia su segundo jefe, le preguntó con emoción tan viva que le hacÃa temblar la voz:
—¿No han llegado los otros dos paraos?