Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Siempre lo mismo! —murmuró, rechinando los dientes.
Siguió recorriendo a grandes trancos la habitación.
—Entonces, ¿usted me aconseja que me marche?
—SÃ, milord —contestó Yáñez—. Aproveche esta buena ocasión para refugiarse en Victoria.
—¿Y si Sandokán ha dejado hombres ocultos en el parque? Me han dicho que lo acompaña un hombre blanco que se llama Yáñez, tan audaz y peligroso como él.
Yáñez tuvo que hacer un esfuerzo por contener la risa. Miró muy serio al lord y dijo:
—Milord, yo no tengo miedo de esos tunantes. ¿Quiere que haga un reconocimiento de los alrededores?
—Se lo agradecerÃa. ¿Necesita escolta?
—No, gracias, prefiero ir solo, asà puedo ocultarme en los bosques sin llamar la atención.
—Tiene razón. ¿Cuándo partirá? Ahora mismo.
—¡La sangre de los Rosenthal es sangre de valientes! —murmuró lord James—. Vuelva pronto, recuerde que lo espero a cenar.
El portugués saludó militarmente, se puso el sable debajo del brazo y salió al parque.