Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Y ahora, a buscar a Sandokán! —murmuró cuando estuvo lejos—. Ya verá, milord, la exploración que voy a hacer. ¡Tenga la seguridad de que no encontraré ni rastro de los piratas! No soñé que me resultara tan bien esta combinación.
Asà monologando, atravesó el parque y tomó el sendero que conducÃa a Victoria. Apenas habÃa recorrido unos mil metros, cuando un fusil le apuntó al pecho mientras una voz amenazante gritaba:
—¡RÃndete o te mato!
—¿No me conoces, Paranoa?
—¡El señor Yáñez! —exclamó el malayo.
—En carne y hueso. Corre a decir a Sandokán que lo espero aquÃ, y ordena a Inioko que tenga listo el parao.
—¿Nos marchamos?
—Probablemente este noche. ¿Llegaron los otros dos paraos?
—No, señor Yáñez. Tememos que se hayan perdido.
El pirata partió con la velocidad de una flecha. No habÃan transcurrido veinte minutos cuando apareció Sandokán, seguido de Paranoa y otros cuatro piratas.
—¡Yáñez, amigo mÃo! ¡Estaba tan preocupado por ti! ¿La viste?
—Como ves, represento mi papel de pariente del inglés a la perfección; nadie ha dudado de mÃ. ¡Ni mucho menos el lord! ImagÃnate que hoy me espera a cenar.