Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¿Viste a Mariana?
—SÃ, y me pareció tan hermosa que me llegué a marear. Cuando se puso a llorar...
—¿Ha llorado? —gritó Sandokán—. ¡Dime quién la hizo llorar para arrancarle el corazón!
—Pero, Sandokán, ¡si lloraba por ti!
—¡Ah! Cuéntamelo todo, Yáñez, te lo ruego.
El portugués no se hizo de rogar y le relató todo lo sucedido.
—¿El lord saldrá esta misma noche? —preguntó ansioso el Tigre cuando Yáñez terminó de hablar.
—Asà lo supongo.
—¿Cómo lo sabré?
—EnvÃa a uno de tus hombres al invernadero y que allà espere mis órdenes.
—¿Hay centinelas repartidos por el parque?
—No los he visto.
—¿Y si fuera yo mismo?
—No, Sandokán, tú no debes abandonar este sendero. El lord puede acelerar la partida y se precisa tu presencia para que guÃes a nuestros hombres.
—Enviaré a Paranoa, entonces. Es diestro y prudente. Apenas se haya puesto el sol irá a esperar tus órdenes. Espero que el lord no cambie de idea, pues nosotros no podemos permanecer mucho tiempo aquÃ. Debemos partir antes de que en Victoria se sepa dónde estamos porque en Mompracem hay pocos hombres.