Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Dios mÃo, protégelo! —murmuró Mariana, cayendo de rodillas mientras él abandonaba el camarote.
Se escuchó el primer disparo del enemigo. Los piratas se lanzaron a los cañones; los artilleros tenÃan las mechas encendidas ya cuando apareció Sandokán en el puente. Al verlo, un solo grito salió de todos los pechos:
—¡Viva el Tigre!
—¡Déjenme paso! —gritó Sandokán—. ¡Basto yo solo para castigar a esos insolentes!
VolvÃa a ser el terrible Tigre de la Malasia de otros tiempos. Sus ojos brillaban como carbones encendidos y sus facciones tenÃan una expresión de espantosa ferocidad.
—¿Me desafÃas? —dijo—. ¡Ven a quitármela, si eres capaz!
Hizo subir al puente un enorme mortero, que fue cargado con una bomba de veinte kilos de peso.
—Ahora esperemos a que amanezca —dijo Sandokán—. Quiero que ese barco maldito vea bien mi bandera y a mi mujer.
El vapor redobló su velocidad y, ya a mil metros, disparó un cañonazo, y luego otro y otro.
—¡Dispara, nave maldita! —gritó el pirata—. ¡No te temo! Cuando quiera te haré pedazos las ruedas y detendré tu vuelo.