Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem De un salto se lanzó a la amura de popa y se aferró del asta de la bandera. Yáñez se estremeció de espanto.
—¡Baja, hermano! —gritó el portugués—. ¿Quieres que te maten?
El cañoneo siguió con más furia. No obstante aquella peligrosa granizada, Sandokán no se movÃa. Miraba con frialdad a la nave enemiga y sonreÃa cada vez que una bala pasaba silbando cerca de él.
—¡TodavÃa no! —murmuraba—. ¡Quiero que veas a mi mujer!
El vapor continuó durante otros diez minutos bombardeando al pequeño velero; luego se fue haciendo más lento el ataque, hasta que cesó por completo. En su arboladura ondeó una gran bandera blanca.
—¿Conque me invitas a rendirme, eh? —gritó el Tigre—. ¡Yáñez! ¡Despliega mi bandera! ¡Quiero que sepan que el que guÃa este parao es el Tigre de la Malasia!
Y te saludarán con una lluvia de granadas.
—El viento comienza a refrescar, Yáñez. Dentro de diez minutos estaremos fuera del alcance de sus tiros. Un pirata izó la bandera.
—¡Haz resonar tus cañones ahora! ¡Yo aquà te espero! ¡Quiero mostrarte mi conquista al relampagueo de mi artillerÃa!