Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem A la mañana siguiente parecĂa que el delirio se habĂa apoderado de los piratas de Mompracem. No eran hombres; eran titanes que trabajaban con energĂa sobrehumana en fortificar la isla, que ya no abandonarĂan gracias a que la Perla de Labuán habĂa jurado permanecer en ella.
Y la reina de Mompracem estaba allĂ, animándolos con su voz y con sus sonrisas, mientras, a la cabeza de todos, Sandokán trabajaba con actividad febril ayudado por Yáñez, que no perdĂa su acostumbrada calma.
—Temo un ataque violento —dijo Sandokán a Yáñez—. Ya verás como los ingleses no vienen solos a atacarnos. Estoy seguro que se han coligado con los holandeses.
—¡Pues encontrarán la horma de su zapato! Nuestra isla es inexpugnable ahora.
—¡Ojalá, Yáñez, pero no nos fiemos! De todos modos, en caso de que nos derroten, los paraos están dispuestos para escapar.
Al amanecer se oyeron fuertes gritos: —¡El enemigo! ¡El enemigo!
Sandokán, Mariana y Yáñez se precipitaron hacia el borde de la gigantesca roca.
—¡Es una verdadera flota! —murmuró Yáñez—. ¿Dónde han reunido tantas fuerzas esos canallas ingleses?