Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Cuando volvió en sÃ, todavÃa medio atontado por el terrible golpe recibido, Sandokán se encontró encadenado en la bodega de la corbeta. Primero se creyó vÃctima de una pesadilla, pero el dolor que lo martirizaba, y sobre todo las cadenas que lo sujetaban, lo devolvieron a la realidad.
—¡Prisionero! —exclamó apretando los dientes e intentando romper los hierros—. ¿Qué pasó? ¿Me vencieron otra vez los ingleses? ¡Condenación! ¿Qué será de Mariana? ¡Quizás esté muerta!
Un tremendo espasmo le oprimió el corazón.
—Mariana! —gritó desesperado—. ¡Yáñez, mi buen amigo! ¡Inioko! ¡Tigres! ¡Nadie contesta! ¿Han muerto todos? ¡No, es imposible! ¡Sueño, o estoy loco!
Miró con espanto a su alrededor.
—¡Todos muertos! —exclamó con angustia—. ¡Solamente yo sobrevivo a tanto horror! ¡Mejor serÃa que hubiera caÃdo yo bajo el plomo de esos asesinos y que me hubiera hundido con mi barco!
Con un nuevo ataque de locura y desesperación se arrojó del entrepuente, sacudiendo con fuerza las cadenas y gritando:
—¡Mátenme! ¡El Tigre de la Malasia ya no puede vivir!
De pronto se detuvo al oÃr una voz que decÃa:
