Los Tigres de Mompracem

Los Tigres de Mompracem

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—¡El Tigre de la Malasia! ¿Está vivo todavía el capitán?

Sandokán miró en derredor.

Una linterna, suspendida de un clavo, iluminaba escasamente el entrepuente, pero bastaba para distinguir a una persona. Descubrió una forma humana acurrucada cerca de la carlinga del palo mayor.

—¿Quién habla del Tigre? —preguntó la voz. Sandokán se estremeció y un relámpago de alegría brilló en sus ojos. Aquella voz no le era desconocida.

—¿Eres tú, Inioko? —balbuceó.

—¿Aquí me conocen? ¡Entonces no estoy muerto! El hombre se levantó y sacudió sus cadenas.

—¡Inioko! —exclamó Sandokán.

—¡El capitán! —exclamó el otro.

Cayó el pirata a los pies del Tigre, repitiendo:

—¡El capitán! ¡Mi capitán! ¡Lo lloré por muerto! Inioko era el comandante del tercer parao. Como todos los dayacos, llevaba los cabellos largos y los brazos y piernas adornados con gran número de brazaletes de cobre y bronce. Al ver a Sandokán, lloraba y reía a un tiempo.

—¡Vivo! ¡Qué felicidad que usted se libró de tanta matanza!

—¿Es que han muerto todos los valientes que arrastré conmigo al abordaje?

—¡Ay de mí, sí, todos!


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