Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Sandokán calló, y se sumergió en dolorosos recuerdos. Aun cuando se creÃa muy fuerte, se sentÃa aplastado por aquel desastre, que le costaba la pérdida de su isla, la muerte de todos los que hasta entonces lo siguieran en cien batallas, y la separación de la mujer amada.
Sin embargo, en un hombre de su temple, tal pesadumbre no podÃa durar mucho. Se puso de pie de un salto, con la mirada brillante.
—¿Crees, Inioko, que Yáñez nos siga?
—Estoy convencido, mi capitán. El señor Yáñez no nos abandonará en la desgracia.
—¡Eso creo yo también! —exclamó Sandokán—. Otro en su lugar huirÃa con las inmensas riquezas que lleva en su parao, pero él no lo hará. Me quiere demasiado para traicionarme.
—¿Y qué sacamos con eso, capitán?
—¡Nos escaparemos, Inioko!
El dayaco lo miró preguntándose si no habÃa perdido el juicio el Tigre.
—¡Escaparnos! —exclamó—. Ni siquiera tenemos un arma, y estamos encadenados.
—Tengo un medio. Cuando un hombre muere a bordo, ¿qué se hace con él?
—Se le mete en una hamaca con una bala de cañón y se le envÃa a hacer compañÃa a los peces.
—Lo mismo harán con nosotros.