Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¿Quiere que nos suicidemos?
—SÃ, pero volviendo a la vida.
—Tengo mis dudas, Tigre.
—Te digo que despertaremos vivos y libres en el mar.
—Si usted lo dice, tengo que creerlo.
—Todo depende de Yáñez. Si sigue a la corbeta, tarde o temprano nos recogerá. Y después volveremos a Mompracem o a Labuán para rescatar a Mariana.
—Pero dudo un poco, capitán. Piense que no tenemos ni un kriss. Y además estamos encadenados.
—¡Encadenados! —gritó Sandokán—. ¡El Tigre de la Malasia puede hacer pedazos los hierros que lo tienen prisionero!
Retorció con furia los eslabones, y dando un tirón irresistible los abrió y arrojó lejos la cadena.
—¡Ya está libre el Tigre! —dijo.
Casi al mismo tiempo se levantó la escotilla y crujió la escala bajo el peso de algunos hombres. Eran tres: uno era un teniente, probablemente el comandante de la nave; los otros dos eran marineros.
A una señal de su jefe, los marineros armaron las bayonetas y apuntaron sus carabinas a los dos piratas. —Le advierto, señor teniente —dijo con desdén Sandokán—, que no me hacen temblar sus fusiles.
—Es sólo una precaución.
—¿No ve que estoy desarmado?