Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Pero no encadenado, por lo que veo.
—No soy hombre que pueda tener largo tiempo prisioneras las muñecas.
—Vengo a ver si necesita que lo curen.
—No estoy herido.
—Creo que recibió un mazazo en el cráneo.
—Pero el turbante amortiguó el golpe.
—¡Qué hombre! —exclamó el teniente con sincera admiración—. Me ha enviado una dama a saber de usted.
—¿Mariana? —gritó Sandokán.
—SÃ, lady Guillonk. La salvé en el momento en que el parao iba a sumergirse. PermÃtame aconsejarle que la olvide. ¿Qué esperanza queda para usted?
—Es verdad. ¡Estoy condenado a muerte! ¿Adónde me conduce?
—A Labuán.
—¿Me ahorcarán?
El teniente permaneció en silencio.
—Puede usted decÃrmelo, no tengo miedo a la muerte.
—Lo sé. Es usted el hombre más valiente de Borneo.
—Entonces, dÃgamelo.
—SÃ, lo ahorcarán.
—Hubiera preferido el fusilamiento.