Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Tengo orden de no permitirles verse. Pero no le tengo rencor a usted, Tigre. Traeré aquí a lady Guillonk, con una condición: que no le diga nada de su suicidio.
—No le diré una palabra. Sólo quiero decirle dónde oculto inmensos tesoros para que disponga de ellos como quiera. ¿Cuándo la veré?
—Antes de que anochezca.
—¡Gracias, teniente!
—¡Adiós, Tigre de la Malasia! —dijo el marino.
El teniente llamó a los soldados, que habían soltado de las cadenas a Inioko, y volvió a subir a cubierta. Sandokán permaneció de pie, con una extraña sonrisa en los labios.
—¿Buenas noticias? —preguntó el dayaco.
—¡Esta noche estaremos en libertad! —contestó Sandokán—. ¡Mariana nos ayudará!