Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Se acercó el primer parao. Los dos nadadores cogieron un cable que les lanzaron y se izaron sobre cubierta con la rapidez de dos verdaderos monos.
Un hombre se abalanzó sobre Sandokán y lo estrechó con fuerza en sus brazos.
—¡Hermano mÃo! —exclamó—. ¡Creà que ya no te verÃa más!
Sandokán abrazó a su vez al fiel portugués.
—Ven a mi camarote —dijo Yáñez—, tienes que contarme muchas cosas.
Bajaron al camarote mientras los tres barcos seguÃan su rumbo con las velas desplegadas.
—¿Cómo es que te he recogido en el mar, cuando te creÃa muerto o prisionero a bordo del vapor que sigo hace veinte horas?
—¿SeguÃas al crucero? ¡Lo sospechaba!
—¿Cómo querÃas que no lo siguiera? ¡Dispongo de tres barcos y ciento veinte hombres!
—Pero, ¿dónde has recogido tantas fuerzas?
—¿Sabes quiénes mandan los dos barcos que me siguen?
—No, por cierto.
—Paranoa y Maratúa.
—¿No se fueron a pique durante la borrasca que nos sorprendió cerca de Labuán?