Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Ya sé! Para impedir que suceda una catástrofe, uno de nosotros debe estar al lado de Mariana en el momento del ataque. Entonces, yo me convierto en oficial del sultán aliado de los ingleses, enarbolo la bandera de Varauni, y abordo el crucero fingiéndome enviado de lord James. Diré al comandante que debo entregar una carta a lady Mariana, y en cuanto esté en su camarote cierro la puerta y levanto una barricada. Al oÃr un silbido mÃo, ustedes saltan al barco y comienzan la lucha.
—¡Ah, Yáñez! —exclamó Sandokán, estrechando a su amigo contra su pecho—. ¡Te lo deberé todo si lo consigues!
—Lo conseguiré, Sandokán.
En ese instante se oyó gritar en el puente:
—¡Las Tres Islas!
Sandokán y Yáñez se apresuraron a subir a cubierta. Sus ojos buscaban ávidos al crucero.
—¡Allà está! —exclamó un dayaco—. ¡Veo el humo!
—Procedamos con orden y preparémonos para el ataque —dijo Yáñez—. Paranoa, haz embarcar otros cuarenta hombres en nuestro parao.
El transbordo se realizó rápidamente y la tripulación se reunió en torno de Sandokán.