Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem El pirata sintió un estremecimiento que le llegó hasta el fondo del alma. Aquel hombre tan fiero, tan sanguinario, se sintió fascinado, por primera vez en su vida, ante aquella flor que surgÃa bajo los bosques de Labuán. Su corazón ardÃa y le pareció que corrÃa fuego por sus venas.
—¿Se siente mal? —le preguntó el lord.
—¡No! ¡No! —contestó vivamente el pirata.
—Entonces, permÃtame que le presente a mi sobrina, lady Mariana Guillonk.
—¡Mariana Guillonk! —repitió Sandokán, con voz sorda.
—¿Qué le halla de extraño a mi nombre? —le preguntó sonriendo la joven—. ¡Cualquiera dirÃa que le ha sorprendido!
Sandokán no habÃa sentido nunca una voz tan dulce en sus oÃdos acostumbrados al estruendo de los cañones y a los gritos de muerte de los combatientes.
—Es que creo haberlo oÃdo antes —dijo con voz alterada.
—¿A quién? —preguntó el lord.
—En realidad, lo leà en ese libro que está ahÃ, y me habÃa imaginado que debÃa ser el de una criatura muy hermosa.
—¡Usted bromea! —dijo ella ruborizándose.
De pronto el pirata, que no apartaba los ojos del rostro de la niña, se enderezó bruscamente.