Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Milady!
—¡Dios mÃo! ¿Qué le pasa? —dijo ella acercándose.
—Usted tiene otro nombre infinitamente más bello que el de Mariana Guillonk.
—¿Cuál? —preguntaron a un tiempo el lord y su sobrina.
—¡No puede ser otra más que usted la que todos los indÃgenas llaman la Perla de Labuán!
El lord hizo un gesto de sorpresa y una profunda arruga surcó su frente.
—Amigo mÃo —dijo—, ¿cómo es posible que usted lo sepa, si viene de la lejana penÃnsula malaya?
—No lo escuché en Shaja —contestó Sandokán, que por poco se traiciona—, sino en las Romades, en cuyas playas desembarqué hace dÃas. Allà me hablaron de una joven de incomparable belleza, que montaba como una amazona y que cazaba fieras; que por las tardes fascinaba a los pescadores con su canto, más dulce que el murmullo de los arroyos. ¡Ah, milady, también yo quise oÃr esa voz algún dÃa!
—¿Conque tantas gracias me atribuyen? —dijo ella riendo.
—SÃ, y ahora veo que decÃan la verdad —exclamó el pirata con acento apasionado.
—¡Adulador!