Los Tigres de Mompracem

Los Tigres de Mompracem

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VIII. La caza del tigre

Cuando al amanecer fue el lord a llamar a su puerta, Sandokán no había cerrado todavía los ojos.

Saltó del lecho y se vistió, se puso su kriss entre los pliegues de la faja y abrió la puerta.

—¡Aquí estoy, milord!

—No creí encontrarlo tan dispuesto, querido príncipe —dijo el inglés—. ¿Cómo se siente? —Tan fuerte que sería capaz de arrancar un árbol. —Entonces, vamos a reunirnos con los seis valientes cazadores que nos esperan en el parque, impacientes por encontrar el tigre que mis ojeadores han correteado hacia un bosque.

—¿Viene con nosotros lady Mariana?

—¡Naturalmente!

Sandokán ahogó un grito de alegría.

—¡Vamos, milord! —dijo—. ¡Tengo ansias de encontrar al tigre!

El lord le entregó una carabina.

Tome usted, príncipe —le dijo—. A veces una bala vale más que el kriss mejor templado.

Bajaron al parque donde se hallaban los demás cazadores; cuatro colonos de los contornos y un elegante oficial de marina.

Al verlo, Sandokán experimentó por él una antipatía violenta. Este lo miró de un modo muy extraño y, aprovechando un momento en que nadie le prestaba atención, se acercó al lord y le dijo:


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