Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Cuando al amanecer fue el lord a llamar a su puerta, Sandokán no habÃa cerrado todavÃa los ojos.
Saltó del lecho y se vistió, se puso su kriss entre los pliegues de la faja y abrió la puerta.
—¡Aquà estoy, milord!
—No creà encontrarlo tan dispuesto, querido prÃncipe —dijo el inglés—. ¿Cómo se siente? —Tan fuerte que serÃa capaz de arrancar un árbol. —Entonces, vamos a reunirnos con los seis valientes cazadores que nos esperan en el parque, impacientes por encontrar el tigre que mis ojeadores han correteado hacia un bosque.
—¿Viene con nosotros lady Mariana?
—¡Naturalmente!
Sandokán ahogó un grito de alegrÃa.
—¡Vamos, milord! —dijo—. ¡Tengo ansias de encontrar al tigre!
El lord le entregó una carabina.
Tome usted, prÃncipe —le dijo—. A veces una bala vale más que el kriss mejor templado.
Bajaron al parque donde se hallaban los demás cazadores; cuatro colonos de los contornos y un elegante oficial de marina.
Al verlo, Sandokán experimentó por él una antipatÃa violenta. Este lo miró de un modo muy extraño y, aprovechando un momento en que nadie le prestaba atención, se acercó al lord y le dijo:
