Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Miedo yo! Por supuesto que no, milord. Pero aquà no se trata de combatir, sino de asesinar a un hombre.
—¡No me importa! ¡Salga de mi casa, o si no...
—Milord, no me amenace, porque el Tigre serÃa capaz de morder la mano que lo curó.
—¡Entonces nos veremos los dos, Tigre de la Malasia! —gritó el lord y desenvainó el sable.
—¡Ya sabÃa que intentaba asesinarme a traición! ¡Vamos, milord, ábrame paso o me arrojo sobre usted!
En lugar de obedecer, lord James tomó una trompeta de caza y lanzó una aguda nota.
—¡Ya es tiempo, asesino, que caigas en nuestras manos! —dijo—. ¡Dentro de pocos minutos estarán aquà los soldados y a las veinticuatro horas te ahorcarán!
Sandokán lanzó un sordo rugido. De un salto se apoderó de una silla y se subió a la mesa, con las facciones contraÃdas y una feroz sonrisa en sus labios.
En ese instante resonó fuera otra trompeta, y en el corredor la voz de Mariana que gritaba desesperada:
—¡Sandokán, huye!
El pirata levantó la silla y la arrojó con toda su fuerza contra el lord, que cayó al suelo. Rápido como el rayo, Sandokán se le fue encima con el kriss en alto.
—¡Mátame, asesino! —gritó el inglés.