Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem El pirata le ató fuertemente brazos y piernas con su propia faja. En seguida le quitó el sable y se lanzó al corredor.
—¡Aquí estoy, Mariana!
Ella se precipitó en sus brazos y lo llevó a su habitación.
—¡Sandokán, he visto soldados! —sollozó—. ¡Dios mío, estás perdido!
—Todavía no, ya verás como escapo de los soldados.
La llevó hacia la ventana y la contempló un instante a la luz de la luna.
—Mariana —dijo—, júrame que serás mi esposa.
—Te lo juro por la memoria de mi madre.
—¿Me esperarás?
—¡Sí, te lo prometo!
—Voy a escapar, pero dentro de una semana, vendré a buscarte a la cabeza de mis hombres.
Subió a la ventana y saltó en medio de una espesa cortina de trepadoras que lo ocultaron por completo. Unos sesenta soldados avanzaban lentamente hacia la casa, con los fusiles preparados para hacer fuego. Sandokán, que seguía emboscado como un tigre, el sable en la mano derecha y el kriss en la izquierda, no respiraba ni se movía. El único movimiento que hacía era levantar la cabeza para mirar hacia la ventana donde estaba Mariana.