Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡Mariana! —exclamaba en su insomnio—. ¡DarÃa la mitad de mi sangre por estar todavÃa a su lado! ¿Qué angustias la atormentarán en estos momentos? ¡Me ha de creer vencido, herido, muerto tal vez! Pero esta noche saldré de esta isla maldita, llevándome su promesa. Volveré, aun cuando tenga que traer conmigo hasta el último de mis hombres y tenga que dar la lucha contra todas las fuerzas de Labuán.
Esperó a que se pusiera el sol. Cuando las tinieblas envolvieron la cabaña y el bosque, despertó a Giro Batol, que roncaba como un tapir.
—¡Vayámonos! —le dijo—. El cielo está cubierto de nubes y no hay para qué esperar a que se oculte la luna. Ven enseguida, porque creo que si tuviera que aguardar algunas horas más, no te seguirÃa.
—¿Y cambiarÃa a Mompracen por esta isla infame?
—¡Calla, Giro Batol! —dijo Sandokán iracundo—. ¿Dónde está tu canoa?
—A diez minutos de camino.
—¿Pusiste vÃveres en ella?
—Pensé en todo, capitán. No falta fruta, ni agua, ni remos, ni vela siquiera.
—¡Partamos!
El malayo cogió un trozo de asado que quedaba, se armó de un garrote y siguió a Sandokán.