Los Tigres de Mompracem

Los Tigres de Mompracem

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—La noche no puede ser más favorable —dijo—. Nos haremos a la mar sin que nos descubran. Atravesaron el bosque. La oscuridad bajo los árboles era total; pero el malayo veía por la noche mejor que los gatos y además estaba acostumbrado a andar por tales sitios.

Sandokán caminaba en silencio, sombrío y taciturno. Él, que veinte días antes habría dado la mitad de su sangre por volver a Mompracem, sentía una pena sin límites al tener que dejar abandonada a la mujer que amaba apasionadamente.

Cada paso era una puñalada para su corazón. Hubo momentos en que se detuvo, indeciso entre volverse o seguir. Pero el malayo, que suspiraba por embarcarse, le hacía ver lo peligroso que sería el menor retraso.

De pronto Giro Batol se detuvo, aguzando el oído.

—¿Oye ese fragor? —preguntó.

—¡Es el mar! —respondió Sandokán—. ¿Dónde está la canoa?

—Aquí cerca.

El malayo guió a Sandokán a través de una espesa cortina de hojas, pasada la cual le señaló el mar, que deshacía sus olas contra los bancos de la playa.

—¡La fortuna nos favorece; todavía duermen en los cruceros! —exclamó.

Descendió al acantilado, apartó las ramas y le mostró una embarcación que se mecía pesadamente en el fondo de una pequeña cala.


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