Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar -Por ahora sí, porque tenemos que renovar nuestras provisiones.
-Entonces, ¿tienen ustedes puertos amigos?
-No, ciertamente. A nosotros nos bastan los de los enemigos para aprovisionarnos -contestó sonriendo el portugués -. Sir Moreland, colóquese usted donde crea que puede aspirar mejor esta hermosa brisa.
El angloindio se inclinó para dar las gracias y subió a la toldilla de la cámara, donde habla visto a Damna, sentada en una mecedora colocada bajo el toldo extendido a la altura de las guías.
La joven fingía leer un libro; pero no había dejado de mirar al capitán a través de sus largas pestañas.
-Señorita Damna -dijo Moreland, acercándose a la muchacha -, ¿me permite usted que me siente a su lado?
-Le esperaba a usted -contestó la hija de Tremal-Naik, ruborizándose ligeramente -. Estará usted mejor aquí que en el camarote. Allí hace calor.
El doctor Held ofreció una silla al convaleciente, encendió un cigarro y fue a reunirse con Yáñez que, juntamente con Surama, se divertía en mirar los saltos que daban los pobres peces voladores, perseguidos en el mar por las doradas y por los pájaros marinos en el aire.