Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar -¡Yo, matarla a usted! -exclamó el angloindio -. ¡A todos los demás, sÃ, pero a usted, no!
Las palabras «los demás» las habÃa pronunciado con tal acento de odio, que Damna le miró con espanto.
-¡Cualquiera dirÃa que tiene usted secretos rencores contra Yáñez y Sandokán, y también contra mi padre!
Sir Moreland se mordió los labios, como si se hubiera arrepentido de haber pronunciado aquellas palabras, y contestó en seguida:
-Un capitán no puede perdonar a los que le han vencido y han hundido su barco. Yo estoy deshonrado, y necesito el desquite, sea cuando sea.
-¿Y los ahogarÃa usted a todos? -preguntó Damna, horrorizada.
-¡Hubiera sido mejor que yo me hubiera hundido con mi nave! -dijo el capitán, rehuyendo la pregunta de la joven -. ¡No volverÃa a oÃr ese grito terrible que me persigue!
-¿Qué es lo que usted está diciendo, sir Moreland? -¡Nada! -respondió el angloindio, con voz sorda -. ¡Nada, señorita Damna! ¡Divagaba!
Se levantó y empezó a pasear agitadamente, como si ya no sintiese los dolores que debÃa de producirle la herida, todavÃa no cicatrizada por completo.