Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar El doctor Held, que se encontraba allí cerca, al verle tan agitado, se le acercó.
-¡No, sir Moreland! -le dijo -. Esos esfuerzos pueden acarrearle graves consecuencias, y por ahora le prohibo que los haga. ¡Todavía está usted bajo mi autoridad!
-¿Qué importa que vuelva a abrirse la herida? -dijo el angloindio -. ¡Desearía que la vida se me escapase por ella! ¡Así, por lo menos, todo habría terminado!
-No se lamente usted de que le hayamos salvado, sir -dijo el médico, cogiéndole del brazo y llevándoselo hacia la cámara -. ¿Quién puede decir lo que la suerte le tiene reservado?
-¡Amarguras, nada más que amarguras! -contestó el capitán.
-Sin embargo, ayer parecía que estaba usted contento de hallarse todavía vivo.
El angloindio no respondió y se dejó conducir al camarote, pues se había levantado un viento muy fresco.
El Rey del Mar continuaba su ruta hacia el Norte, sosteniendo siempre una velocidad de siete nudos.