Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar Cuando la luz de los relámpagos no iluminaba el horizonte, aquella masa líquida parecía negra, como si los torrentes que caían de las nubes fuesen de alquitrán.
Cuando el amanecer ya estaba próximo, comenzó a ceder un tanto la tempestad, alejándose hacía el Este, es decir, en la dirección seguida por el crucero. El viento había amainado, aun cuando siguiera oyéndosele bramar en la cumbre de aquel gigantesco escollo.
También las olas comenzaban a decrecer, y ya no se rompían en las rocas con la furia con que lo habían hecho durante la noche.
Suponiendo Yáñez que Damna y el angloindio seguirían durmiendo, salió del refugio en busca de algo conque desayunarse.
«Nos contentaremos con huevos de pájaros marinos -pensó -. Después de todo, no son tan malos como se cree».
En una especie de plataforma que se extendía a unos cuarenta metros de altura, había visto algunos nidos de pájaros; el portugués comenzó a trepar por las grietas y resaltos que hacían accesible por aquel lado el colosal escollo, por lo menos hasta cierta altura.
Habla ascendido ya unos quince metros, cuando de improviso llegaron hasta él unos gritos que parecían venir de lejos.