Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar -Es probable -respondió el angloindio, en cuyos ojos brilló una luz extraña.
-Voy a espiarlos -dijo Yáñez, metiéndose entre las dunas.
-Sir Moreland -dijo Damna, en cuanto ambos se quedaron solos, y viéndole un tanto pensativo -, ¿se vengarán esos isleños en el señor Yáñez?
-No lo dudo: le harán pagar caro el carbón.
-Pero usted, que viste el uniforme británico, podrá salvarle.
-¡Yo! -dijo el angloindio, como si le causara asombro lo que acababa de oír.
-¡Qué! ¿No se opondrá usted a que le apresen?
Sir Moreland cruzó los brazos y se quedó mirando a Damna. Su frente se había nublado, su rostro tomó una expresión de dureza casi salvaje y brilló en sus ojos un fuego sombrío.
-¡No hará usted eso, sir Moreland! -repitió la muchacha -. ¡No olvide usted que ese hombre le ha salvado de la muerte, y que le ha tratado, no como a un enemigo, sino corno a un huésped!
El capitán continuaba callado; parecía librarse en su corazón un áspero combate, a juzgar por las diversas emociones que se reflejaban en su rostro.
-¡Es un enemigo! -dijo, finalmente, con voz sorda.