Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar -¡Sir Moreland! ¡No me obligue a perderle el cariño que le profeso! Yo también debo al señor Yáñez la vida y la de mi padre…
El angloindio hizo un gesto que parecÃa una explosión de cólera, pero en seguida lo reprimió.
-¡Sea! -dijo -. ¡De ese modo no tendré que agradecerle nada!
Luego salid del refugio, y lleno de una airada agitación, iba murmurando con tétrico acento:
-¡Algún dÃa lograré encontrarle frente a frente!
En aquel momento desembarcaban los hombres de la chalupa, que eran todos de raza blanca e iban armados con fusiles. Entre ellos figuraba uno de los consejeros del gobernador.
Uno de los isleños, que debÃa de haber visto a Yáñez, remontó la duna detrás de la cual trataba de ocultarse el portugués, y gritó con voz amenazadora:
-¡Es inútil que te escondas, corsario! ¡Sal de ahÃ!
El portugués no se hizo repetir la invitación, y se levantó, diciendo con aire de burla:
-¡Buenos dÃas, señor mÃo, y muchas gracias por esta visita tan matutina!