Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar Sir Moreland permaneció silencioso durante unos instantes, y parecía presa de una preocupación muy honda; al fin, después de algunos momentos de silencio, dijo, con una inflexión de tono muy particular, que no se le escapó al portugués:
-También yo tengo por eso prisioneros a Tremal-Naik y a Damna.
Se pasó la mano por la frente, con un movimiento nervioso, y suspiró.
-¡La fatalidad del Destino! - dijo, como hablando consigo mismo.
Yáñez le observaba atentamente, mientras pensaba:
«¡Qué demonio! ¿Se habrá enamorado este angloindio de los ojos de Damna? ¡Por Dios vivo que me parece un hermoso joven, lleno de fuego y de atrevimiento, y se me figura que es un hombre leal! ¡Probemos a ablandarle!»
Y ya en voz alta, preguntó:
-¿Qué decide usted, capitán?