Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar -Señores, les concedo dos horas, y aquí espero reloj en mano.
-Repito que yo no saldré del barco -respondió con obstinación el inglés -. ¡Quiero hundirme con él!
-Si no le sacamos a usted por la fuerza del puente de órdenes -dijo Yáñez, impaciente.
El portugués iba a volverse hacia sus gentes, que ayudaban a los marineros del vapor a echar las chalupas al agua, cuando vio que se dirigía hacia él un hombre pequeño, zambo, con la barba cuidadosamente afeitada, y que resguardaba los ojos tras unas antiparras ahumadas.
-Comandante -le dijo el desconocido, quitándose rápidamente el sombrero y desabrochándose una larga zamarra de paño oscuro, la cual no parecía molestarle, a pesar del intenso calor que hacía -. ¿Es usted uno de esos famosos piratas de Malasia?
-Uno de los jefes -contestó Yáñez, mirando con curiosidad a aquel hombrecillo panzudo y patizambo.
-Entonces, me llevará usted consigo, porque yo estaba tratando de buscar un barco que me llevase a Mompracem.
-Nosotros no vamos a esa isla; pero debo decirle que no embarcamos más que hombres de mar y de guerra.