Sandokan el Rey del Mar

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Los armadores debían de haber dado ya las órdenes oportunas para que se detuviesen sus barcos en los puertos de las islas de la Sonda, con objeto de no exponerlos al riesgo de que los echase a pique el audaz corsario, que hasta entonces, con sus rápidas correrías y con sus desapariciones súbitas, había podido huir de la caza que le daban las escuadras.

La interrupción de las líneas de navegación debía causar a los ingleses unas, enormes pérdidas.

-¿Qué le acontecería al Rey del Mar tan pronto como desapareciese en las ardientes bocas de sus hornos última tonelada de carbón?

-No se me ocurrió pensar que el arma que yo manejaba tuviese doble filo -murmuró un día Sandokán -, uno para los ingleses, y otro para mí.

Habían recorrido ya quinientas millas y el Rey del Mar se acercaba a las costas de Malaca, sin que hubiese asomado ningún barco inglés. Ciertamente habían visto algunos buques; pero alemanes, italianos, franceses y holandeses; barcos que constituían más bien un peligro, porque podían notificar al Almirantazgo el rumbo del corsario, por temor a que éste cualquier día se revolviese contra ellos.


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