Sandokan el Rey del Mar
Sandokan el Rey del Mar Sandokán, Yáñez y la joven permanecieron hablando todavía durante algunos minutos en el camarote, cambiando algunas palabras con el médico.
Pero antes de que la joven se marchara, sir Moreland le dijo, mirándola con cierta tristeza:
-Señorita, espero que volveré a verla pronto, y que no me mirará usted siempre como a un enemigo.
En cuanto la joven hubo salido, el angloindio, que había permanecido largo tiempo sentado, mirando fijamente a la puerta del camarote y con los brazos cruzados sobre el pecho en actitud pensativa, dijo al doctor, después de lanzar un profundo suspiro:
-¡Qué cosa tan triste es la guerra! ¡Siembra el odio, incluso entre corazones que podían latir al unísono, animados por un mismo afecto!
-Y el de usted hubiera latido mucho, ¿verdad, sir Moreland? -dijo el americano, sonriendo.
-¡Sí, doctor! ¡Lo confieso!
-Por la señorita Damna, ¿no es eso?
-¿Por qué he de ocultarlo?
-Es una joven muy bella y muy animosa, digna de su padre y de usted.
-¡Y que nunca será mía! -dijo sir Moreland, con acento extraño -. ¡El destino ha abierto entre nosotros y sin que en ello tengamos la menor- culpa, un abismo que nada logrará salvar!