Un drama en el Oceano Pacifico
Un drama en el Oceano Pacifico Al cabo de media hora, una gran parte de las arañas, después de haber lanzado al aire, de un soplo, el nuevo hilo, se dejaban llevar por el viento matutino, que las conducía facilísimamente, elevándolas a altas regiones de la atmósfera. A la segunda ráfaga de aire, las rezagadas siguieron a sus compañeras, desapareciendo tras los primeros rayos del sol.
—¡Buen viaje! —gritó una voz alegre—. ¡Ah, cómo las envidio!
Era Asthor, que algunos minutos antes había subido a cubierta y que observaba atentamente aquella emigración maravillosa.
—¡Ah! ¿Eres tú, viejo amigo? —le dijo el capitán.
—Sí, y he llegado a tiempo para presenciar ese curioso fenómeno. ¿Cómo va la «Nueva Georgia», señor?
—Camina como el plomo, o, mejor dicho, como un pájaro que tuviera heridas las alas.
Todo el día el buque siguió filando con lentitud hacia el Norte; pero cerca de la puesta del sol aligeró la marcha, porque se había levantado un fuerte viento del Sudoeste.
El sol se ocultó en el seno de una nube de color oscuro y el mar comenzó a levantarse en altas olas, que se rompían con fragor en los costados del barco.