Un drama en el Oceano Pacifico
Un drama en el Oceano Pacifico Bien armados todos, penetraron bajo los grandes bosques, y después se encontraron ante una gran montaña cubierta de árboles. Alcanzada la cima después de varios altos para dar descanso a Ana y de una marcha de tres horas, se encontraron de improviso ante una pequeña aldea compuesta de unas sesenta chozas, defendidas en su círculo por una empalizada, mejor dicho, un seto de espinos. Se comprendía a primera vista que en aquellas construcciones había intervenido la dirección de un europeo ciertamente inteligente.
La población, compuesta de unos cuatrocientos individuos entre hombre, mujeres y niños, salió en masa al encuentro de los extranjeros, pero Koturé los separó a todos a palos, sin reparar dónde daba.
—Llévanos ante el rey —dijo el capitán al guía—. Vosotros, compañeros, rodead a Ana y armad los fusiles.
—¡Largo de aquí! —gritó el piloto empujando a los salvajes que se acercaban más de lo conveniente al grupo, a pesar de los golpes—. ¡Cuidado, Grinnell, y tú, Fulton, rodead bien a la miss!, que estas bestias parece que quieren comérsela. ¡Duro con ellos, Maryland! Creo yo difícil que el rey de estas gentes sea blanco.