Un drama en el Oceano Pacifico
Un drama en el Oceano Pacifico —Tengamos siquiera el consuelo de que no quieran comernos, si llegamos a caer en sus manos.
—No dejan de tener medios para hacerla excelente, señor Collin —dijo el capitán, riendo—. Yo sé que los isleños de Fidji tienen un modo especial de cebar a sus prisioneros para que sean más suculentos.
—Compadezco a los compañeros de Bill que han tenido la desgracia de caer en poder de esa gente. Aunque ¡quién sabe si será una fortuna!
—¿Por qué, teniente? —preguntó el capitán, sorprendido.
—Yo me entiendo, señor Hill.
—Explicaos —dijo miss Ana.
—Ahora, no.
En aquel momento oyeron hacia su derecha una especie de gruñido.
El náufrago estaba a tres pasos de distancia y debió de haber oÃdo las palabras del segundo.
Por fortuna para él, nadie le vio fijar en el señor Collin una mirada que lanzaba relámpagos y apretar los puños con tal fuerza que sus uñas se le clavaron en las palmas de las manos.
Se alejó silenciosamente, sin haber sido descubierto, y se sentó a proa; pero sus miradas se dirigÃan siempre, ya hacia miss Ana, ya al señor Collin.